Lingotes en la niebla
Capítulo 2. El polvo negro
A la mañana siguiente, la luz entraba cortada por nubes bajas y aún quedaban charcos de la niebla que se había disipado a ras de suelo. Alicia Serrano llegó al cuartel de la Guardia Civil antes de las ocho; el edificio olía a café recalentado y papeles, y los rostros en el pasillo llevaban la expresión de quien se enfrenta a una jornada que no será rutinaria. Dejó el abrigo en la percha y pidió un despacho pequeño donde pudiera ordenar las notas de la noche anterior. En la pared, un mapa de la comarca marcaba con chinchetas las rutas y pasos: Canfranc, los caminos secundarios que trepaban la montaña, y, más arriba, la indicación borrosa que algunos veteranos, en voz baja, seguían llamando "el paso del wolframio".
No había pasado media hora cuando el móvil del despacho vibró. Era la forense. Alicia contestó en tono profesional, apagando a propósito cualquier atisbo de urgencia en la voz. Sabía que los primeros resultados podían ser nítidos o huidizos; lo prudente era recibirlos con la atención de quien arma un rompecabezas pieza a pieza.
—Alicia —dijo la voz de la forense, directa—. Te llamo con el preliminar de la autopsia. He podido revisar el cadáver esta madrugada. ¿Tienes unos minutos?
Alicia se reclinó en la silla y tomó la libreta que nunca dejaba a mano. La forense respiró ligeramente, como quien ordena datos en su cabeza antes de verterlos.
—La hora de la muerte: estimamos entre doce y dieciocho horas antes del hallazgo, dependiendo de las variables de temperatura. Rigidez y lividez coinciden con ese cálculo. No hay lesiones externas que indiquen atropello por vehículo o por paso de tren. No hemos encontrado fracturas o contusión que lo expliquen —comenzó la forense—. Tampoco señales de defensa recientes en manos o antebrazos. El cuerpo está limpio de sangre externa significativa.
Alicia sintió cómo se afinaba la imagen en su mente: no accidente, no forcejeo inocultable, colocación premeditada. Tomó nota.
—Hemos hecho un estudio toxicológico rápido —continuó la forense—. Tenemos trazas de sedantes en la sangre: benzodiacepinas en concentraciones que sugieren administración previa, no una cantidad residual de consumo habitual. Indica somnolencia y reducción de respuesta motora. Además, en la cavidad bucal he localizado la cápsula metálica que recogisteis en la escena. No es un contenedor con polvo; tras la radiografía preliminar, su interior muestra un núcleo compacto. La hemos enviado al laboratorio de evidencias para análisis químico y comparativa metalográfica.
Alicia dejó escapar un silencio breve, calculando posibilidades. Sedantes más una cápsula en la boca. Algo más que una escena teatral.
—¿Algún signo de manipulación interna? —preguntó—. ¿Se puede determinar si la cápsula fue introducida en vida?
La forense dudó, cuidando la precisión.
—Es difícil afirmarlo con absoluta seguridad sin un examen más profundo, pero la posición y el sellado en la boca sugieren que pudo ser insertada mientras la persona aún tenía cierto control muscular, o al menos sin convulsiones que alteraran su colocación. La mucosa no muestra heridas de arranque, lo que podría indicar ello. En la nalga, en la axila y en la ropa hallamos fibras distintas al tejido del abrigo; las estamos enviando también. Tomamos muestras para ADN; hay restos dactilares en la cápsula que no coinciden con los del fallecido —informó—. Además, en los pantalones encontramos restos de barro y partículas metálicas que parece tungsteno en una primera lectura bajo el microscopio.
La palabra tungsteno flotó en el despacho con un peso propio. Alicia dejó la libreta y, por un instante, miró el mapa de la montaña como si las chinchetas pudieran revelar rutas invisibles.
—¿Tienes nombre? —preguntó la forense.
—Aún no hemos podido identificarlo con seguridad —respondió—. Había ausencia de documentación. Estamos cruzando las declaraciones de personas desaparecidas y revisando cámaras de la estación para las últimas veinticuatro horas.
—Bien —replicó la forense—. Lo que te paso ahora es lo importante: no hay signos de mutilación ni de heridas antemortem relacionadas con maquinaria o herramienta de gran envergadura. Eso descarta, por ahora, una agresión física que deje rastro obvio. El agente químico en la cápsula y la posible presencia de tungsteno en la ropa me ponen en la pista de algo industrial o de contrabando de material metálico. El laboratorio dará mayor precisión; te llamaré en cuanto tengamos la caracterización del núcleo de la cápsula. También enviaremos un informe preliminar forense al juzgado.
Alicia asintió en voz baja, acumulando datos. Sedantes, cápsula metálica con núcleo desconocido, trazas de tungsteno en la ropa, huellas ajenas en la cápsula. Era una trama con manos e intereses.
—¿Alguna hipótesis sobre el modo de muerte? —inquirió ella, aunque sabía que la forense no se dejaría arrastrar por suposiciones sin soporte—.
—Aún abierto —contestó la forense sin vacilar—. La hipótesis de administración de fármacos seguida de disposición en la vía es plausible. La cápsula podría ser un mensaje, un contenedor de algo o una especie de “sello” ritual. No descartes ningún significado simbólico hasta tener confirmación química. También hay que valorar la posible participación de terceros en su traslado y colocación; hay fibras ajenas y huellas en la cápsula. En cuanto a la relación con tungsteno, hay que ser cautos: la partícula puede provenir de la ropa o del entorno donde estuvo la persona antes de aparecer en la vía. Pero, si se confirma tungsteno, abre un vínculo con material industrial o de alto valor en el mercado negro —añadió—. Te enviaré los resultados en cuanto salgan.
Cortó la comunicación después de unos ruegos formales y una promesa de mantener el contacto. Alicia quedó sola con las chinchetas del mapa y con la libreta abierta. Hizo llamadas: a investigar rutas, a pedir la lista de trenes y vehículos que habían circulado por la zona la noche anterior, y a solicitar que revisaran exhaustivamente las cámaras del circuito cercano. Pidió también un cruce con desapariciones recientes y con cualquier movimiento de mercancías inusuales en los últimos meses.
Mientras marcaba números, su mirada volvió a la palabra que, como un eco, había ido surgiendo en todas las versiones preliminares: wolframio. No era coincidencia semántica; el wolframio —tungsteno— había sido históricamente un mineral de alto interés, especialmente en guerras y en mercados clandestinos. Las montañas de la zona, con su red de caminos secundarios, eran terreno conocido para descartes y pasos discretos.
Alicia cerró la libreta y guardó la pluma con cuidado. Tenía la sensación de que la muerte encontrada en la vía secundaria no solo era un crimen: era una ventana abierta hacia redes que podían remontar décadas. Debía moverse con prudencia; cualquier filtración falsa o prematura podía espantar a verdugos o a testigos. Avanzar implicaba, ahora, no solo desentrañar la identidad del hombre y la razón exacta de su muerte, sino seguir rastros que podrían llevarla hasta la montaña y a un pasado que todavía operaba bajo la niebla.